Pedro Pedreira Un poco de todo

ANGELES Y DEMONIOS

EN algún lugar dice Cunqueiro que, así como el crimen era el teatro de los reyes en las aldeas gallegas, hacer el amor era el único teatro al que tenían acceso los pobres. Pues bien, en el tránsito del milenio que ahora vivimos todo parece indicar que el fútbol se está configurando en todo el mundo como el gran teatro de las masas. Un teatro del que ha huido la palabra -en realidad la palabra ha huido ya de casi todos lados- pero en el que se cumple de modo absolutamente típico lo que la preceptiva literaria aristotélica exigía para toda obra teatral: el cambio de fortuna que designaba como peripecia y la incertidumbre del desenlace.

El fútbol-espectáculo consiste en la puesta en escena de una pelea. Pero se trata de una pelea con una estética peculiar. El secreto de esa estética es el ritmo. Un equipo en estado de gracia -situación que ocurre en pocas ocasiones- es un conjunto capaz no sólo de generar y expresar su propio ritmo, sino también de nutrirse de él. Sucede aquí algo similar a lo que ocurre cuando una persona o un colectivo entra en trance: en ese momento descubre energías y cualidades de las que antes carecía.
Y esa especie de trance, ¿de dónde provendrá? No ciertamente de la pizarra de los entrenadores. El ritmo tiene poco que ver con el trabajo. Es algo relacionado con el arte y, por lo tanto, con la inspiración. Una cosa es que un equipo trabaje y otra bien distinta que esté inspirado. Pero para entrar en trance, para ser habitado por los espíritus, hace falta un intermediario: un médium. Por eso el Súper Dépor será siempre un equipo vulgar cuando su capitán está ausente o ha decidido por su cuenta tomarse vacaciones. Porque sólo él es capaz de crear y de contagiar un ritmo. Podría pensarse que esa fúnción fúese también desempeñada por el genio de Djalminha. Pero la inspiración de Djalma nace de otras fúentes. Es mucho menos solidaria. Lo más propio de Fran es el pase. Y pasar es un servicio que se hace a los demás, a un compañero. Es, como ahora se dice con acierto, una entrega.


Pero lo más propio del genio de Djalminha no es la entrega sino la burla. El brasileiro intenta, claro está, ser eficaz para su equipo pero sólo se divierte si la jugada, además, deja en ridiculo al contrario. Por eso lo suyo es el uno a uno: porque la burla es siempre una afrenta personal. El ego de Fran se afirma y se complace en la perfección de la geometría. El de Djalma se nutre del escarnio y de la sonrisa que produce ver al contrario burlado y confundido.

Tengo para mí que si los ángeles jugasen al fútbol lo harían como lo hace Fran. Y también creo que si el demonio calzase borceguíes y se vistiese de calzón corto intentaría las fintas y los endiablados desplantes de Djalminha.

Pero quizás los dos genios del Súper Dépor no pertenezcan a estirpes tan distantes como este esquema podría sugerir. No debemos olvidar que Lucifer no es otra cosa que un ángel que se atrevió a decir no al Supremo Entrenador; alguien que no aceptó la disciplina y el probable aburrimiento del Paraíso. Cuspidiño a Djalminha. Qui zás sea por eso que Fran y Djalma se reconozcan como amigos. Y quizás también sea por eso que cada domingo Djalminha deba ser expulsado ritualmente por su entrenador del paraíso en el que rueda el balón, brillan las estrellas y ruge la tribu, y los Riazor Blues hacen ondear en el aire sus banderas al tiempo que con su canto ahuyentan el miedo y organizan la emoción.

(leído hace mucho no sé donde….. lo tenia guardado)